Teología obrera

Del nacionalcatolicismo a la democracia eclesial: la huella de Iniesta

A comienzos de los años setenta, la Iglesia española vivía un proceso de apertura pastoral y doctrinal. En ese contexto, Alberto Iniesta (1923–2016) fue nombrado en 1972 obispo auxiliar de Madrid y responsable de la Vicaría IV (Vallecas). Optó por una presencia de barrio, con base en la parroquia del Dulce Nombre de María, y una pastoral participativa alineada con el Concilio Vaticano II.

Su ministerio tomó cuerpo en Vallecas y, de forma singular, en Entrevías. Allí impulsó comunidades de base, abrió diálogo con el movimiento vecinal y promovió una acción socioeclesial que abría templos y equipos a quienes quedaban fuera de los circuitos: drogodependientes, migrantes, jóvenes sin red. La experiencia de San Carlos Borromeo —emblemática en Entrevías— simbolizó ese “estar” con los últimos, pese a controversias y presiones institucionales.

En 1975 cristalizó el programa en la Asamblea Cristiana de Vallecas: meses de trabajo en más de un centenar de grupos, metodología deliberativa y conclusiones de fuerte compromiso evangélico. La autoridad civil la suspendió horas antes de iniciarse por “orden público”, abriendo un debate sobre libertad religiosa y participación eclesial. Iniesta respondió con una carta a “todos los miembros de la Asamblea” que trazó un itinerario espiritual y práctico —serenidad, unidad, realismo, fidelidad y esperanza— y concluyó con un llamamiento que sería emblema: «Levantemos el corazón».

El conflicto confirmó a Iniesta como referente del giro conciliar en clave popular: distanciamiento del nacionalcatolicismo tardío, centralidad de la dignidad y los derechos, y corresponsabilidad del Pueblo de Dios en la vida de la Iglesia. Su trayectoria —en sintonía con la renovación impulsada por el cardenal Tarancón— ayudó a redefinir el papel público del catolicismo en la Transición, desplazando el eje hacia la justicia social y la participación. En Vallecas y Entrevías permanece la memoria de un pastor que convirtió el territorio en laboratorio de Evangelio y democracia eclesial.

Entrevista al obispo Iniesta en el diario Pueblo, 24 de diciembre de 1976.

El obispo Alberto Iniesta.

Foto: Conferencia Episcopal Española (Flickr), CC BY-SA 2.0.

Carta de Iniesta a todos los miembros de la Asamblea Cristiana de Vallecas, tras la prohibición de la convocatoria hecha por la dictadura, publicada en el diario Informaciones el 22 de marzo de 1975.

Iglesia del Dulce Nombre de María de Vallecas en la que Alberto Iniesta ejerció su labor pastoral.

Enrique de Castro y la revolución pastoral que nació en Entrevías

En los años setenta, Enrique de Castro llegó a Vallecas con espíritu de cura obrero: trabajó de taxista y entendió el Evangelio como ética verificable en la calle. Dos meses después de la muerte de Franco, participó con otros sacerdotes en homilías contra la pena de muerte y las ejecuciones de septiembre de 1975; acabó en los calabozos de la DGS y en el hospital penitenciario de Carabanchel. Su nombre quedó ligado a una fe que se mide en hechos.

En 1982, el obispo Alberto Iniesta le encomendó la parroquia de San Carlos Borromeo. De Castro transformó el espacio y la práctica: acercó el altar, sustituyó filas por círculos de diálogo y convirtió la misa en conversación comunitaria. El edificio dejó de ser solo templo para convertirse en casa abierta a jóvenes, familias vulnerables, migrantes, presos y voluntarios. Las etiquetas no lo distrajeron: su objetivo era una mesa sin exclusiones. Consideró sacramento la libertad de un preso, la vivienda para quien la necesita o el abandono de la heroína: celebración y catequesis, porque la solidaridad es teología que se puede tocar.

La irrupción de la heroína desangró el barrio. La comunidad denunció connivencias y, en 1987, entregó en el Congreso un listado con más de doscientos puntos de venta. Cuatro años después, la respuesta institucional eludía responsabilidades. De Castro insistió: el problema no era de buenos y malos, sino de estructuras; lo decisivo, la libertad. Criticó tratamientos centrados en el “mono” y defendió anclajes comunitarios, apoyo mutuo y motivaciones reales: sin deseo de vivir no hay terapia que funcione. También sostuvo que la sociedad es más cómplice que ignorante.

Con el tiempo, el arzobispo García-Gasco propuso dedicar San Carlos al mundo de los marginados, sin límites territoriales. Descendió la afluencia y circularon rumores de cierre, pero permaneció un núcleo resistente —madres, voluntarios, chavales— y la eucaristía dominical se volvió un foro donde la vida entraba sin disfraz. En 2007, el Arzobispado ordenó el cierre; la comunidad, con vecinos y colectivos, mantuvo el templo abierto. Ese mismo año, el teólogo Leonardo Boff visitó la parroquia, tensó la relación con el cardenal Rouco Varela y él mismo subrayó el criterio último: una Iglesia que no está con los últimos traiciona el Evangelio. En 2008, Javier Baeza tomó el testigo. A la muerte de Enrique de Castro, el 5 de febrero de 2023, San Carlos Borromeo seguía siendo lo que él quiso: una frontera hospitalaria entre fe y justicia, un taller de humanidad donde la esperanza se aprende practicándola.

El Adelantado de Segovia recogió la información sobre el enfrentamiento entre la comunidad de San Carlos Borromeo y el cardenal Rouco Varela, ante su amenaza de cerrar la parroquia.

El movimiento de Madres contra la Droga nació al calor de San Carlos Borromeo.

Enrique de Castro, con camiseta roja, sentado entre los niños y jóvenes de Vallecas, durante un campamento juvenil en Ávila, en 1978.

Intervención de Leonardo Boff en Entrevías

San Carlos Borromeo, catedral del Mar, en Entrevías

Javier Baeza
Párroco de San Carlos Borromeo

Llegas en tren y, al salir de la estación, encuentras un edificio desvencijado, con pintadas ya en mal estado que, sin embargo, se mantiene erguido, siendo refugio de la vida que bulle a sus adentros. Es -ahora- el Centro Pastoral San Carlos Borromeo, en Entrevías. En aquellos años 80, cuando vino Enrique de Castro, el cura, era -canónicamente hablando- una parroquia. Años después se incorporaría a la comunidad el otro cura -Pepe- que durante la última parte de su vida vivió, acompañó y trabajó desde este espacio.

Las novedosas intuiciones de Enrique pusieron en el centro de la Comunidad a quien habitaba los márgenes -en aquellos tiempos- de la sociedad: los yonkis, los okupas, los homosexuales, los insumisos, las madres contra las droga, los migrantes, los niños y niñas que viajan solos… Ese sinfín de personas que, excluidas por la sociedad, encontraron en San Carlos Borromeo Acogida y Defensa. De ahí que esa sabia intuición de Enrique acabase convirtiéndose en refugio para muchos y muchas. Refugio que también significaba Defensa ante quien pretendía encerrar, criminalizar o penalizar de cualquier modo a estos desarrapados de la existencia.

Junto a esta crucial intuición, Enrique y Pepe pusieron los mimbres necesarios para ir tejiendo esa cesta de diversidad y diferencia que significó, y significa, San Carlos Borromeo. Las Asambleas, las luchas comunes, la unión con otras personas solidarias… que tuviesen la misma importancia las necesidades del chaval enganchado a las drogas, como la mujer que buscaba sentido a su vida y venía desde un barrio acomodado de esta ingrata ciudad. La persona en el centro de todo y de todos. Sin importar que esta fuera mujer friegasuelos, juez en ejercicio, joven pacifista o perteneciente a familia de rancio abolengo. La persona en el centro de la Comunidad.

Y esta centralidad es a lo que Enrique, en uno de sus libros, llamó la Fe. La fe no como cuestión religiosa. Sino la Fe como experiencia humana que nos vincula, sostiene e impulsa. Ese creer en el otro que obra el milagro del cambio, de la transformación, de reconocer nuestras potencialidades para ser -individual y colectivamente- de otra manera.

Y en ese descubrimiento, junto a Pepe, la comunidad -o asamblea- como artífice de ese sueño en una sociedad mejor de la vivida.

Y quienes nos incorporamos posteriormente descubrimos cómo, ese edificio desvencijado por fuera, estaba lleno de Vida, de dolores, fiestas y esperanzas… Y siendo diferentes, las personas y los contextos sociales, seguimos intentando vivir desde esas intuiciones que alentaron la vida de Enrique, Pepe y las madres. No repitiendo nada, sino dejándonos interpelar por esa fe, en el Dios de Jesús, que se hace realidad en el achuchón y las luchas por un mundo más justo. Y así, volvemos a coger el tren de la Vida que no para…

Los tres párrocos de San Carlos Borromeo. De izquierda a derecha, Javier Baeza, Pepe Díaz y Enrique de Castro.

«Al igual que los niños de la imagen de Peironcely 10, bajo un sol que vuelve a brillar, tenemos que salir y comprometernos con un mundo en constante cambio. No podemos quedarnos encerrados lamentándonos por el pasado y temiendo al futuro»

Cynthia Young, «Sueño y orgullo de los hermanos Capa», Exilios, 2019

Arriba, vista de la pradera surgida en la plaza del Fotógrafo Robert Capa, en noviembre de 2024. Abajo, imagen de la actuación de la Vallekana Bin Ban ante el mural Homenaje a Robert Capa, en 2018.

El ex director general de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza, en la apertura de la exposición Poéticas de resistencia, memoria y olvido.

La comunidad del San Carlos Borromeo durante la celebración de un encuentro.

Foto: Miguel S. Moñita y Javier Baeza